Abajo en la plaza, bajo las varas grises de un paraguas pequeñito, dos personas se abrazan; la pelirroja se deshace sin mirar en besos cien y caricias con miel, y el bombero en libertad condesciende ocultando entre las llamas la distancia de sus ojos fríos que se marchan con ternura oteando más allá.La imagen se multiplica viceversada, polarizada, rematizada a lo largo y ancho de esta plaza, y en lo profano de cada plaza propiedad del placer más complacido del amor.
Uno ama menos y otro más, y si fuera distinto, quizás, al compartir por largo y por igual la ceguera dulce del dulzor, tal vez, no podría nadie ver lo que acecha más allá de este pacto intercraneal que en el fondo no es más que un equipo sin prisas por ganar.