Con la impertinencia anabólica de sus palabras
se abrió paso entre los peces de la bañera
atravesando las burbujas de jabón
y la aduana dúctil de mis piernas.
Mercancías ilegales en remojo,
naufragio de ideales infrarrojos,
y de reojo el encarnado resplandor
del mar abierto en canal
rebanado por la proa del velero
delegado pertinaz del Amor Verdadero,
estado inocuo y abismal
en el que creo que no creo.